
La del sábado 13 de septiembre fue una cita con la vieja escuela del Indie rock (¿o era folk?). La presentación de Bill Callahan saldó una deuda entre el público local con una de las leyendas más herméticas de la escena independiente internacional. Curiosamente, la visita de Smog no despertó mayores entusiasmos entre la comunidad indie sub 25 (a esa que le gusta armar boche en blogs amigos), ni repletó las butacas del Cine Arte Normandie. Al parecer, un reflejo más de que Callahan juega en otra liga, una donde puede descansar tranquilo en un cómodo y sombrío segundo plano.
Fue Fernando Milagros el encargado de abrir los fuegos de la jornada. Con un repertorio más que sólido, se paseó por el folk más clásico hasta lecturas contemporáneas del folclore chilote. Dylan, Buckley y sobre todo Devendra Banhart son las fuentes más reconocibles en un autor interesante, pero que debería despuntar hacia una identidad vocal más personal (el sonsonete a la Banhart se hace un poco catete al paso de las canciones). Bien por Milagros.
En un formato de dúo (batería a cargo del correcto Luis Charles Martínez) Callahan aparece en escena en medio de la penumbra y da inicio a su concierto con una intensa relectura de “River Guard”. Al terminar su primera canción, un escueto “thank you” dejaría claro que no habría mayor espacio para dialogar con una audiencia que sólo atinaba a vitorear semejante arranque. A paso demoledor (y ensayando algunos pasos de cowboy rockero) se dejarían caer la espléndida “Our Anniversary” y una desoladora versión de “Blood Red Bird”. Pese a la aparente austeridad del set, por momentos la sensación velvetiana de repetición y urgencia desbordaba el escenario. “Sycamore”, “Say Valley Maker” y la estupenda “I Feel like the Mother of the World” continuarían la revisión generosa de su extenso catálogo.

A pesar de la errática iluminación, la música se tornaba extremadamente envolvente, como si tras cada canción se electrificara un poco más el aire de esa oscura sala del teatro. Callahan haciendo honor a su mito, se mantenía impertérrito entre canciones, tomándose todo el tiempo necesario para afinar su guitarra. La recta final nos sorprendería con las desgarradoras “Rock Bottom Riser”, “I Break Horses” (gema rescatada del álbum de rarezas Accumulation:None) y un cierre a la altura, con ese pequeño himno titulado “Cold Blooded Old Times”. Tras la habitual despedida y consiguiente agitación popular, vino el bis con una incendiaria “Blood Flow”, “Teenage Spaceship” (el momento más emotivo de la noche por lejos) y la despedida final con una esperadísima “Bathisphere”. Callahan nuevamente dice adiós y esta vez será para no volver.
Quedará en la memoria de los asistentes uno de los grandes conciertos del año, protagonizado por esta figura mítica que trajo alegría y más de algún recuerdo de esa época pre p2p, cuando la música era un poco más que carpetas de mp3s.
Fotos y texto por Manuel Córdova

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