Hablar de Will Oldham es desgranar a un grande. Ya ha pasado suficiente tiempo y el barbudo de Louisville ha logrado sobrevivir a si mismo y a su propio mito, dando a luz a través de todos estos años un puñado de tonadas de confesiones rurales que tan bien sabe vestir de ese inconfundible sabor americano, propio de un talento raro y poco común. Todo modelado desde la parsimonia de su particular estampa; esa estampa que sólo tienen los que saben, y también los que saben muy bien que saben. Y el grueso de esa sabiduría emana desde la ironía, el desvarío literario y la sensibilidad de un trovador al que muchos han llamado a ser la sucesión lógica de los Dylan, los Cash, los Drake y cuántos relevantes más. Pero Oldham pareciese demasiado cómodo en esa media luz en la que transita desde sus primeros pasos con Palace Brothers, y en la que se ha ganado el respeto absoluto de prácticamente toda el academicismo indie, además de casi sin quererlo haber generado la escuela de la que se han desprendido jovenzuelos tan inquietos y busquillas como Sam Bean (Iron & Wine) o Matthew Houck (Phosphorescent). Con muchísimo más sentido del humor en la miseria que Jason Molina, Oldham se nos va perpetuando en el imaginario colectivo, abrazado a esa tan prolífica producción de discos que no se destiñen con el devenir de las tendencias, sino que se sobreponen al propio hermetismo del estilo con el aroma de la mejor cepa, el aroma de la relevancia de las grandes obras.
“Lie down in the light” nos desnuda por enésima vez a ese geniecillo cantor de siempre, pero que ya pareciese haberse amigado y bien con los fantasmas amargos que lo correteaban en el imprescindible “I See a Darkness” (1999); tanto así que el contraste de ambos títulos casi no parece al azar. Porque Oldham ya no suena tan triste y solitario como lo hacía hace nueve años atrás. Y es esa victoria sobre sus lastres existenciales la que brota por prácticamente todos los recovecos de estas nuevas canciones. Y casi como en una metáfora palpable de todo, los diálogos en que se ve envuelto producto de las colaboraciones con una brillantísima Ashley Webber en “So Everyone” y “You Want That Picture” son los tornasoles espléndidos que inevitablemente se transforman en dos de los momentos más brillantes de un disco que carga un fulgor sorprendente. Y aunque en “Willow Trees Bend” se desacelera y se trasluce en la bruma el Oldham nocturno e introspectivo de siempre, ya no suena ni tan derrotado ni tan desorientado como antaño. Al contrario, hoy suena dulce y sereno como nunca antes, como en la brutal pasividad de “Missing One” o en el rasgueo entusiasta de “Where’s the Puzzle”. Redondo como siempre, despierto como pocas veces.

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