
Es un regocijo aparte, poder darte cuenta de que estás viendo a una banda en el peak de su arte, o por lo menos en un momento muy favorable del mismo. A pesar de su corta vida discográfica (un par de Eps y un largo), en la noche del 22 de Noviembre lo de Battles funcionó casi como un testamento; como un decálogo dirigido a las nuevas generaciones y un mazazo tanto a la liviandad de las tendencias, como al snobismo de turno. Aquí hubo dosis generosísimas de riesgo creativo, garra y pasión, además de una frescura teenager como antídoto ideal contra el supuesto germen de hermetismo arty con que suelen cargar este tipo de propuestas. Teenager en lo que a sensación de libertad se desprende de los movimientos de Tyondai Braxton, Ian Williams, Dave Konopka y John Stanier frente a sus instrumentos y de la ingenuidad refrescante de las formas que expulsan de ellos; aquel apabullante sonido con esa identidad híbrida tan bien definida. Ellos saben muy bien lo que se traen entre manos y se les nota en cada tira y afloja rítmico sobre el escenario; sello de agua de una propuesta tan física como cerebral; con un Braxton que en vez de perderse en su guitarra y en la rutina virtuosa de sus vocoders y sintes, no perdía momento para intercambiar miradas y frases con un público que poco a poco iba perdiendo la excesiva disciplina con la que enfrentó el comienzo del show.
Absorbidos un 120% en ese encantador mantra suyo, los de Warp fueron depositando una tras otra las maravillas de “Mirrored” (2007), como también acertados rescates de sus previos Eps. Como era de esperarse, “Atlas” sonó gigante y orgullosa, comenzando desde ahí a consolidar lo que fue una sorprendente complicidad con un público que se vio sobrepasado por el pedigrí artístico de lo que presenciaba, obligado así a salir de la pacatería para unirse devotamente al “baile” de los neoyorquinos. “Tonto” y su dinámica lúdica-hipnótica marcó otro momento memorable dentro del montón de éstos (“Tij”, “Race:in”, el beatbox de “Dance”, todas sonando a tope), que tuvimos la suerte de presenciar. Un fervor nostálgico casi groupie a la memoria de Helmet hizo disfrutar exponencialmente a este servidor con el alucinante despliegue exhibido por Stanier frente a su batería. No cabe dudas de que es sobre esos colosales colchones percutivos llenos de síncopas que tejió esa noche (rotura de caja incluída), donde se montó plácidamente la arquitectura de Battles y su directo. Solo era cosa de poner atención y por ejemplo, sentir el beat martilleante lleno de veneno hip hop de “Hi Lo” en ese inesperado, pero necesario segundo bis que selló el intensísimo set del cuarteto en Santiago de Chile.

Algunos se quejaron del sonido del Novedades. Creo que la banda logró estar por sobre cualquier tipo de contingencia, transformándolas en meras anécdotas al lado de una presentación llena de sangre y hedionda a futuro y trascendencia. Quedará en la retina de todos los que estuvimos ahí por un buen rato lo ofrecido aquella noche; y será en diversos aspectos, una vara con la cual medirse de ahora en adelante. Porque no se necesita ser tan “moderno” para sonar excitante, ni tan arty para tener sustancia. Tal cual.
Fotos por Manuel Córdova


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